El actor, guionista y director Martín Piroyansky repasó sus comienzos, el descubrimiento del cine y su paso detrás de cámara durante una charla con el realizador Marcel Czombos, en el marco de la 10ª Feria de Pitching realizada el último fin de semana en Resistencia. Frente a estudiantes y jóvenes realizadores, habló de liderazgo, equipos, cortometrajes, escritura y de los tropiezos que también formaron parte de su camino como cineasta.
Antes de convertirse en una de las figuras reconocibles del cine y las series argentinas, Martín Piroyansky fue un chico que empezó teatro a los siete años, llegó a la televisión casi sin proponérselo y descubrió muy temprano que la exposición pública no necesariamente era aquello que buscaba.
Ese recorrido, desde sus primeros trabajos como actor hasta su necesidad de escribir, dirigir y construir sus propias historias, atravesó buena parte de la conversación que mantuvo con Marcel Czombos durante la 10ª Feria de Pitching, realizada en Resistencia.
La charla tuvo además una característica especial: Piroyansky no presentó su trayectoria como una sucesión prolija de éxitos. Por el contrario, habló de dudas, películas que hoy cuestiona, experiencias incómodas en los rodajes y decisiones tomadas casi intuitivamente. Y, especialmente, de aquello que aprendió haciendo.
De la televisión a descubrir qué significaba hacer cine
Piroyansky contó que comenzó a estudiar teatro a los siete años y que a los 12 ya participaba de Magazine For Fai. Poco después llegó a Campeones de la vida, cuando atravesaba una edad particularmente sensible para convivir con la popularidad.
“No me gustó estar tan expuesto e ir al colegio. Es una época rara, los 13 años, como para que te reconozcan en la calle y sobre todo en la escuela”, recordó.
La experiencia incluso modificó su personalidad. Según relató, había sido un niño extrovertido, travieso y acostumbrado a llamar la atención, pero la exposición televisiva terminó provocando el efecto contrario.
Su vínculo con el audiovisual cambiaría cuando comenzó a trabajar en cine.
Allí descubrió otra lógica de producción y, sobre todo, una relación diferente de los equipos con el material que estaban creando. Recordó particularmente el impacto que le produjo observar a un sonidista detener una toma por una pequeña interferencia.
“Vi el amor que todo el equipo tenía por lo que estábamos haciendo”, señaló.
Ese descubrimiento hizo emerger una cinefilia que había cultivado desde niño junto a su familia y especialmente con su padre, con quien iba regularmente al cine.
“Vos sos director”
La posibilidad de ponerse detrás de cámara tampoco apareció como un proyecto cuidadosamente diseñado.
Mientras trabajaba como actor, Piroyansky comenzó a interesarse cada vez más por aquello que sucedía alrededor de su personaje: dónde estaba ubicada la cámara, qué estaba contando una escena y de qué manera funcionaba el conjunto.
Recordó que directores como Ariel Winograd y Paula Hernández fueron quienes detectaron esa mirada antes que él mismo.
“Me decían: ‘Vos sos director, vos sos director’”, contó.
Por entonces imaginaba que su futuro estaría fundamentalmente ligado a ser actor y guionista. Escribía desde chico y disfrutaba especialmente de inventar historias, pero todavía no terminaba de reconocerse como director.
Hasta que decidió probar.
Mientras trabajaba en Socias, reunió amigos y compañeros, consiguió algunos equipos y realizó su primer cortometraje, Semana Santa. No pretendía iniciar allí una carrera cinematográfica: quería averiguar si realmente podía dirigir.
Hitchcock y una bomba debajo de la mesa
Para aquel primer corto hubo una influencia decisiva: El cine según Hitchcock, el célebre libro construido a partir de las conversaciones entre François Truffaut y Alfred Hitchcock.
Piroyansky lo definió directamente como una suerte de “Biblia del cine”.
De allí tomó el famoso concepto hitchcockiano de la bomba debajo de la mesa: el suspenso no surge necesariamente de sorprender al espectador con una explosión, sino de permitirle saber que existe una bomba mientras los personajes continúan hablando sin conocer el peligro.
Semana Santa siguió esa lógica.
La historia mostraba a una pareja que acababa de conocerse y pasaba un fin de semana en la casa de la joven. El muchacho desconocía algo que el público descubría muy pronto: los padres de ella estaban muertos.
La tensión estaba justamente allí. El protagonista ignoraba aquello que el espectador ya sabía.
El primer rodaje y una lección inesperada sobre dirigir
Pero la enseñanza más fuerte de aquel cortometraje no llegó necesariamente desde la puesta de cámara.
Piroyansky recordó un conflicto con el director de fotografía, un profesional con mayor experiencia que comenzó a cuestionar sus decisiones durante el primer día de rodaje.
Para un joven director que recién estaba intentando comprobar si tenía condiciones para ocupar ese lugar, cada cuestionamiento se transformaba en una amenaza.
Terminó la jornada angustiado.
Un amigo director le dio entonces un consejo tan poco ortodoxo como efectivo: hacerle creer al otro que algunas de sus propias ideas habían surgido de él.
Al día siguiente comenzó a utilizar esa estrategia y el vínculo cambió completamente.
La anécdota le dejó una conclusión que Piroyansky compartió especialmente con los estudiantes presentes:
“Liderar un equipo o dirigir es una cuestión más política y vincular que de talento”.
Para el realizador, el talento es una discusión que el director mantiene consigo mismo cuando observa o edita aquello que hizo. En un set, en cambio, aparece otra responsabilidad: conducir personas.
“En el set sos un líder”, sintetizó.
Eso implica comprender egos, inseguridades, necesidades y conflictos, pero también construir un ambiente en el que las personas quieran trabajar juntas.
Por eso aseguró que actualmente concede enorme importancia a la conformación de sus equipos y procura rodearse de profesionales con quienes exista también una conexión humana.
El corto no es una película “más fácil”
Czombos llevó entonces la conversación hacia una cuestión particularmente cercana a los estudiantes presentes en la Feria de Pitching: qué especificidad tiene el cortometraje frente a una película o una serie.
Piroyansky recurrió a Julio Cortázar y su célebre comparación entre cuento, novela y boxeo.
“Las novelas ganan por puntos y los cuentos por knockout”, recordó.
Y trasladó esa idea directamente al audiovisual.
Una película dispone de tiempo para desarrollar personajes, conflictos, tramas y subtramas. El cortometraje, en cambio, necesita para Piroyansky una potencia concentrada: ese golpe capaz de alcanzar rápidamente al espectador.
“Los cortos, para que funcionen, tienen que ser por knockout”, sostuvo.
También cuestionó la idea de considerar al cortometraje simplemente como un entrenamiento previo al largometraje.
Aunque resulte más económico y requiera menos jornadas de rodaje, eso no significa que sea narrativamente más sencillo.
“Un buen corto no es fácil de hacer”, remarcó.
Un archivo llamado, simplemente, “Ideas”
Otro de los momentos de la conversación estuvo dedicado al nacimiento de las historias.
Piroyansky reveló que desde hace aproximadamente 15 años conserva en su teléfono un archivo con un nombre tan elemental como efectivo: “Ideas”.
Allí registra cualquier ocurrencia que pueda aparecer en algún momento del día.
Con el paso del tiempo, algunas empiezan a relacionarse con otras. Cuando una historia adquiere suficiente volumen, deja aquel archivo general y obtiene su propia carpeta.
Su método parte de una premisa: no imponerle el formato a la historia.
“Lo importante es escuchar a la idea y la idea sola te va a decir qué es”, explicó.
Algunas nacen para convertirse en cortometrajes, otras pueden sostener un largometraje y determinadas historias necesitan el desarrollo de una serie.
El error, planteó, puede aparecer cuando se intenta estirar artificialmente una premisa que alcanza para apenas un par de escenas.
Y dejó otro consejo sencillo para quienes escriben: anotar inmediatamente.
Porque una idea que parece imposible de olvidar puede desaparecer al día siguiente.
Cuando una película crece más de lo esperado
La conversación también permitió conocer un Piroyansky particularmente crítico de sus propios trabajos.
Al recordar una experiencia cinematográfica realizada prácticamente sin recursos en Nueva York, contó cómo decidió llevar la precariedad al extremo y preguntarse cuál podía ser la propuesta más ambiciosa posible en esas condiciones.
La respuesta fue inesperada: hacer un musical.
Filmó con cámaras pequeñas, prácticamente sin presupuesto y escribiendo incluso diálogos sobre la marcha. Después, durante el montaje, descubrió que el resultado no lo convencía.
Un editor terminó recomendándole eliminar buena parte de los números musicales.
Sin embargo, el proyecto comenzó a crecer. Un sonidista se involucró, apareció un productor, la película ingresó al circuito institucional, llegó a festivales y finalmente consiguió estreno comercial.
Paradójicamente, mientras aparecían críticas favorables, Piroyansky continuaba viendo todos sus defectos.
Incluso recordó haber encontrado una crítica negativa que, lejos de molestarlo, consideró tan precisa que buscó el correo electrónico de la autora para felicitarla.
“Estoy de acuerdo en todo lo que decís”, le escribió.
La historia provocó risas, pero también condensó buena parte del espíritu de la charla.
Aprender haciendo
Ante un auditorio compuesto en buena medida por estudiantes y realizadores que intentan convertir proyectos en películas, Piroyansky evitó construir una imagen romántica del director que posee todas las respuestas.
Su recorrido, tal como lo narró junto a Marcel Czombos, estuvo marcado por otra lógica: hacer, equivocarse, mirar lo realizado, entender qué falló y volver a filmar.
Desde aquel adolescente incómodo con la fama televisiva hasta el director que aprendió que conducir un rodaje supone comprender tanto a las personas como a las cámaras, su experiencia dejó una idea atravesando toda la conversación.
El cine puede comenzar con conocimientos técnicos, una cámara o un guion. Pero también puede empezar de una manera mucho más sencilla: con una idea anotada a tiempo y la decisión de averiguar hasta dónde puede llegar.




